LIBRO GUIA La muerte y el duelo en la sociedad occidental

1. La muerte y el duelo en la época actual

La representación de la muerte

 

Históricamente es posible conocer el tratamiento que se le ha dado a la muerte en las diferentes sociedades humanas.

Se la conceptualiza desde su significado cultural, socio-psíquico y antropológico  para tratar de comprender y proveer de sentido al hecho inevitable del fin de la existencia.

Como señala Morin (1970) la especie humana es la única para la cual la muerte está presente durante toda la vida. La única que la representa mediante ritos funerarios y también la única que cree en una vida postmorten, en la resurrección o en la reencarnación (Ceriani, 2001).

Lo humano se evidencia por poseer conciencia acerca de que en algún momento va a morir. Esta conciencia hace que la muerte y su definición no se agoten únicamente en una explicación biológica y se integren al registro de la historia y de la forma de vida en un entorno social, cultural y económico determinado (Vivante, 1978).

Lo anterior queda de manifiesto en la investigación de Philippe Ariès (1977/1999).

Dicho autor presenta una historiografía de la muerte en occidente que deja en claro la ligazón entre las formas sociales de vida y la estructuración conceptual de las ideas con respecto al fin de la misma. Como efecto de esta vinculación, muestra la construcción social de las formas de morir, así como de las reacciones comunitarias e individuales frente a este hecho.

Desde el siglo VI al XII, con el concepto de muerte domesticada resume la vivencia de la muerte en las sociedades campesinas tradicionales donde el fallecimiento tiene un escenario (la cama) y un tiempo de espera. Esta espera, sin dramatismos ni temor,  constituye la marca de la aceptación de lo inevitable. El lugar, la cama, lugar también de procreación y nacimiento, hace discurrir la muerte en el ámbito de lo familiar, de lo doméstico. La muerte domesticada se presenta como ceremonia pública donde el que agoniza es el anfitrión y representa el papel social del moribundo. Su habitación privada, a causa de la muerte esperada, se convierte en lugar público, donde la gente entra y sale en su encuentro social. La muerte transcurría en la ligazón comunitaria y tenía la característica de desplegarse en lo familiar y no ser ajena ni extraña (Ariès, 1977/1999, p. 20-24).

Pero si la muerte se presentaba de improviso, sin anunciarse, por sorpresa y no había posibilidad de espera socializada, configuraba una marca de maldición. Esta maldición sostenía la otra faz de lo mortuorio, el temor ancestral a lo no vivo (Ariès, 1977/1999, p. 18).

A esta etapa le sucede la denominada época de la muerte propia (siglo XII a finales del siglo XVI) donde se produce la concientización de que la muerte implica el final de la vida y la descomposición biológica. Esta conciencia de finitud naciente configura un hombre terrenal, biográfico y sufriente pues comprende que tarde o temprano va a morir (Ariès,  1977/1999, p. 88-110).

A partir del siglo XVII la muerte pasa a ser capturada por el sentido religioso institucional que configura los rituales y ceremoniales a seguir en la hora final terrenal.

Se produce una nueva subjetividad con respecto a la muerte antes familiar ahora imagen del horror por la corrupción que la descomposición provoca en el cuerpo.

El cuerpo del muerto ya no es expuesto a la mirada en el escenario de lo familiar y se disimula con el ceremonial y el ritual eclesiástico (Ariès, 1977/1999, p. 139-155).

En el siglo  XVIII la muerte pasa a ser un problema médico quedando por fuera del campo de lo religioso. En este período se inicia en la sociedad occidental una transformación en la medicina con consecuencias en la consideración de la salud y enfermedad (Ariès, 1977/1999, p. 329-337). Los avances en la cura de las patologías que antes diezmaban poblaciones, las nuevas formas de producción y la necesaria adaptación funcional de la fuerza de trabajo, así como las nuevas terapéuticas médico morales (medidas de salud pública e higiene), determinaron la construcción de un nuevo sujeto y un nuevo cuerpo medicalizado que da lugar a nuevas formas y actitudes frente a la muerte.

Las instituciones sanitarias ocupan el lugar central desde donde emanan estrategias políticas de salud pública como formas de biopoder (Foucault, 1977/1990) y economía de la salud, constituyendo lugares de demanda y consumo. La regulación médica sobre la vida y la muerte decantará en el modelo médico hegemónico de la sociedad occidental y persistirá hasta las primeras décadas del siglo XIX cuando se produce una nueva forma de vinculación con la muerte denominada “muerte invertida” donde se rechazan la muerte y los muertos desintegrándose la ritualidad familiar del duelo (Ariès, 1977/1999, p. 480-493).

Esta última etapa en las consideraciones sobre el morir es la llamada por Ariès, (1977/1999) “muerte salvaje” o “muerte excluida” o incluso en relación a los modos o actitudes anteriores frente a la muerte,  “muerte invertida”. 

Allouch  habla de los rasgos de esta representación de la muerte mencionando que, 

 

No hay ya muerte en el nivel del grupo, la muerte de cada uno ya no es un hecho social. No tiene prácticamente nada público (…) ya no hay ningún signo de la muerte en las ciudades, ni telas negras sobre las casas, ni crespones en los sacos, ni cortejos fúnebres (…) La ausencia de la muerte en el grupo se manifiesta también de una manera particularmente nítida en el hecho de que el enlutado, que en una sociedad, se presente como tal se vuelve un paria, incluso un enfermo (…) Ya no hay ningún sujeto que muera (…) desde el momento en que no es un acontecimiento social, la muerte ya no es más subjetivable  (1996, p.153-154).

El duelo en la actualidad es una “enfermedad insoportable” de la que hay que curarse cuanto antes y se demandan terapéuticas para dominar o eliminar el dolor producido por la muerte.

Como las etapas descritas que se suceden y determinan formas y actitudes frente al morir, éste momento, según Ariès (1977/1999) se fue desplegando en consecuencia de la medicalización de la sociedad. El sustento posible de la muerte invertida está en la fuerte creencia de la eficacia de las técnicas médico científicas y de su poder para transformar el hombre y la naturaleza (Abt, 2000). Es el extremo de un proceso de tres etapas, la primera es el ocultamiento de la muerte cercana por parte del entorno médico y familiar y aún del propio moribundo, la segunda la hospitalización de la muerte que lleva a evitar presenciar el proceso de deterioro físico del morir que se verbaliza como asqueante y la tercera, la medicalización del bien morir ocasionado por las técnicas paliativas de analgesia. Con esta fase la muerte no es ni humana, ni sacra, ni familiar sino que es un falla en el funcionamiento de la maquina del cuerpo que ya no es posible reparar.

El autor muestra así como la muerte ha sido desterrada de la vida cotidiana comunitaria pasando a ubicarse en el hospital. Allí encontrará su reducto y las formas de expresión que la institución le permita. Las figuras que rodean a la muerte serán el personal sanitario y ya no la familia. Es la medicina quien define el momento de la muerte y la presenta como tal a la familia del fallecido.

Con su trabajo, Ariès (1977/1999, p. 494-498) da cuenta de que, junto con la exclusión de la muerte, también se excluye y rechaza el duelo. Ya no hay rituales para sostener el duelo privado, ni el duelo social entendido como formas de luto. No se interrumpe la vida social por el hecho de la pérdida del otro, prima la tendencia y el esfuerzo por reponerse para que todo continúe su decurso normal.Gorer (1955) en su artículo The pornografhy of death muestra el cambio y desplazamiento del tabú de la sexualidad al tabú de la muerte. El término pornografía marca el movimiento de lo público a lo privado, reducto de esta actividad, según el autor. Es decir que la muerte, propia de un espacio público, pasará a habitar el lugar de lo privado.
En este proceso desaparecerán de su ámbito las expresiones de dolor exagerado, la angustia concomitantemente demostrada y los rituales sociales comunitarios que acompañaban estos movimientos individuales. Este fenómeno, Gorer  (1955) lo sitúa como propio del  siglo XX señalando como el sexo se ha transformado en algo cada vez más autorizado a
mencionarse, mientras que  la muerte se configura como “innombrable”, de lo que no debe hablarse. Los procesos naturales de la corrupción y la decadencia se han convertido en repugnantes, repugnantes como los procesos naturales de nacimiento y cópula eran hace un siglo, la preocupación acerca de tales procesos es (o era) morbosa e insalubres, desanimada en todos y castigada en los jóvenes. A nuestros bisabuelos se les dijo que se encontraban los bebés debajo de arbustos o coles; en nuestra sociedad a los niños se les dice que los que han fallecido se transforman en flores, o se encuentran en reposo en un precioso jardín. Los hechos feos son implacablemente escondidos, el arte de los embalsamadores es el arte de la negación completa (Gorer, 1955, p. 51). Es a destacar que el autor establece la desaparición de la muerte natural (que le atribuye al progreso médico científico) del campo de lo cotidiano y de la palabra. Observa que la muerte por causas naturales de una persona joven es inusual y considera  frecuentes los decesos por causas violentas como las guerras o los accidentes automovilísticos. Esta forma de morir se representa encontrando su espacio en las fantasías de las producciones literarias: thrillers, westerns, historias de guerra y  espionaje, ciencia ficción y cómics de terror.En otro de sus trabajos Gorer (1965) da cuenta de la importancia de los rituales funerarios para el decurso de los duelos y de cómo la desaparición de estos tiene consecuencias en la salud psíco- afectiva de los sujetos.

Thomas (1975/1983) muestra claramente en su trabajo Antropologie de la mort  este corrimiento de la muerte en la sociedad occidental de todos los espacios de la vida cotidiana de los sujetos. El autor estudia el tema de la muerte, sus significados, rituales y formas de expresión a través de la comparación de dos sociedades: la tradicional del africano nativo y la sociedad industrial occidental. A pesar de la distancia entre estos dos tipos de sociedades, encuentra formas similares de tratamiento del fenómeno de la muerte y de lo que ella genera. Por ejemplo la existencia en los dos tipos de sociedades del horror frente a la imagen del cadáver en descomposición y las relaciones imaginarias entre muertos y vivos.  Asimismo encuentra diferencias sustanciales.

En la sociedades africanas la actitud ante el fin de la vida es la aceptación y  trascendencia debido a que la muerte está integrada como elemento necesario del circuito vital (la forma ideal de morir es la “buena muerte”). La muerte real es superada por el ritual simbólico colectivo, preponderante en estas sociedades. La actitud con respecto al moribundo es de acompañamiento, cuidados maternales y religiosos. Se muestra la vinculación entre el mundo de los muertos y de los sobrevivientes a través de la importancia otorgada al duelo y a los ritos encarnados en numerosos tabúes. La muerte es omnipresente y los antepasados gozan de prestigio entre los vivos que les rinden culto.

Desde los primeros años de vida se lleva a cabo una pedagogía oficial comunitaria con respecto a lo que atañe a la muerte.

En las sociedades industrializadas occidentales prima la represión de la angustia que la muerte genera, llegando al límite de su negación. Para esta sociedad la muerte es un accidente que tarde o temprano la ciencia eliminará (la forma ideal de morir es la “bella muerte”). El ritual colectivo frente a la muerte no existe, lo individual y lo imaginario se imponen sobre el rito simbólico que ha desaparecido. La persona se muere en soledad, sin cuidados familiares, la mayoría de las veces en el hospital. El duelo está escamoteado. La muerte es una obsesión y hay un culto fetichista de la bóveda donde se encuentran los restos del ser querido o por el contrario la muerte se rechaza y hay un descuido del cementerio. No hay una pedagogía oficial sobre el fenómeno de la muerte.

Para Thomas (1975/1983) el sentido que tiene la muerte para la colectividad va a posibilitar y a definir los tipos de duelo que la sociedad en cuestión podrá habilitar. Es clara la diferencia entre las sociedades que estudia a este respecto.

El duelo africano, será colectivo, plagado de normas ritualizadas y funerales que resuelven las implicancias afectivas y culturales que simbolizan la vida y la muerte. El duelo es una instancia individual sostenida desde lo social.

En el duelo occidental, el individuo tiene que enfrentar su pérdida en soledad, no hay ritual como sostén social ni lugar colectivo que acompañe lo que provoca la muerte del otro.

Los rituales que tranquilizan y ayudan a dar sentido y procesar las pérdidas faltan o son puestas en escena vacías de contenido simbólico.

La vinculación entre la falta de ritual y el duelo occidental radicaliza la ausencia de sentido que la muerte imprime en lo humano. Sentido que siempre se intentó sacralizar por intermedio del rito compartido. Cuando los ritos no existen, son mal aceptados o condenados, el duelo parece detenerse en la etapa de la negación de la muerte. Idea que desde un individuo particular es posible generalizar en la sociedad occidental. El estancamiento del duelo hace eterno el dolor de la pérdida nunca del todo asumida que debe ser acallada. A la falta de ritos se le suma la ausencia de palabras que expresen el duelo. Mayormente el lugar del decir sobre el dolor por la pérdida es ocupado por el síntoma, la medicalización y la depresión. “La depresión, mal de la época, es la contracara de la evacuación de la muerte, de la prohibición del duelo” (Cazenave, 2010, p.6).