LIBRO GUIA Teorías Psicoanalíticas del duelo

1. Teorias psicoanalíticas del duelo

La teoría psicoanalítica define el duelo como la reacción frente a la pérdida y lo considera como un proceso, a superar en el tiempo, luego de un trabajo de elaboración psíquica (trabajo del duelo) con las representaciones del objeto perdido y de los conflictos generados por la ambivalencia de sentimientos con respecto al mismo.En general, las teorías del duelo involucran la consideración del doliente, del objeto perdido y del lazo afectivo que determina la relación entre ellos.El vínculo con el objeto perdido determinará la vivencia e intensidad del duelo a transitar ya que, a partir de la muerte de un sujeto, su repercusión en otro sujeto “abre una zona de subjetividad –de afectos, de oscuridad- que es precisamente aquella en la que puede tener lugar el duelo. En esa zona de oscuridad también ocurre una evolución posible del duelo (trabajo del duelo)” Paciuk (2000, p.250). En el procesamiento del duelo van a intervenir las circunstancias particulares de la pérdida y las vivencias de duelos anteriores que responden a una construcción intersubjetiva producida y trasmitida entre generaciones (Kaës, 1995). Debido a esto, la pérdida genera una acción psíquica particular en cada sujeto, que será dependiente de la historia vincular, cuyos efectos más que aceptación de una nueva realidad, implicarán la producción de sentido sobre la misma. Para el psicoanálisis, a la pérdida la anteceden no sólo otras pérdidas, sino la pérdida del objeto originario, constitutiva del sujeto psíquico, huella imborrable del encuentro con la alteridad que “marca tempranamente al psiquismo infantil y opera como elemento central para su constitución, al articular narcisismo y duelo en los orígenes del psiquismo” (Uriarte, 2000, p.163).La vivencia del duelo es experimentada con dolor ya “que acarrea consecuencias tales como separación, vacío, frustración, de modo que hablar de pérdida supone (…) una valoración” (Paciuk 2000, p.250). Es la valoración de la falta como inauguración, punto de partida de lo subjetivo y por lo tanto génesis del deseo en la medida en que éste se sustenta “como lo irrealizable, inalcanzable, una investidura de añoranza jamás satisfecha.” (Uriarte, 2000, p.163).

 
Freud y la tramitación de la pérdida Freud formaliza la conceptualización del duelo en el escrito de 1917 Duelo y Melancolía.  Postula que el duelo es la reacción frente a la pérdida.Cuando habla de pérdida no se refiere con exclusividad a la muerte y el objeto de amor o lo amado perdido puede abarcar tanto a un objeto particular como a una abstracción. Si bien en este texto el autor se preocupa por definir el duelo, el objetivo de su obra parece ser otro, a saber, el esclarecimiento del cuadro clínico de la melancolía a través de los puntos que tiene en común con el duelo considerado como un afecto normal.  El problema importaba a Freud con anterioridad. Muestra de esto es la comunicación que realiza en 1910 a propósito de la intelección de la causa del suicidio donde refería

aquí sólo es posible partir del estado de la melancolía, con el que la clínica nos ha familiarizado, y su comparación con el afecto del duelo. Ahora bien ignoramos por completo los procesos afectivos que sobrevienen en la melancolía, los destinos de la libido en ese estado, y tampoco hemos logrado comprender todavía psicoanalíticamente el afecto del penar del duelo (Freud, 1910/1992, p.232).

Esta familiaridad entre el duelo y la melancolía estuvo siempre presente en el pensamiento freudiano, “coinciden en las influencias de la vida que las ocasionan” (Freud, 1917/1993, p.242), es decir en sus causas pero también en sus manifestaciones.
En el duelo se presenta

una desazón profundamente dolida, la pérdida del interés por el mundo exterior -en todo lo que no recuerde al muerto-,  la pérdida de la capacidad de escoger algún nuevo objeto de amor –en reemplazo, se diría, del llorado-, el extrañamiento respecto de cualquier trabajo productivo que no tenga relación con la memoria del muerto (Freud, 1917/1993, p. 242).

 

Solamente falta en el duelo “la perturbación del sentimiento de sí” (Freud, 1917/1993, p.242),  propia de la melancolía.
Estas características mencionadas van a producir una “inhibición y angostamiento del yo” (Freud, 1917/1993, p. 242) en el sujeto, que se explica en términos de la economía libidinal, propia de un proceso normal a superar en el tiempo, luego de un arduo trabajo que consiste en el retiro de la libido colocada en el objeto perdido (real o abstracto) y la posterior recolocación libidinal en otro objeto. 
El trabajo de índole económica tiene como correlato anímico la “sensación de dolor psíquico” propia del duelo (Freud, 1926/1995, p.158). Se inicia con el examen de realidad que muestra que el objeto ya no existe. Esta situación no es aceptada de manera inmediata  fácilmente por el sujeto. Se  lleva a cabo, luego de un tiempo, con mucho esfuerzo por parte de quien debe tramitar la pérdida. Mientras se suscita este proceso la existencia del objeto perdido persiste en el psiquismo del doliente donde paulatinamente “cada uno de los recuerdos y cada una de las expectativas en que la libido se anudaba al objeto son clausurados, sobreinvestidos y en ellos se consuma el desasimiento de la libido” (Freud, 1926/1995, p. 242-243).
El retiro pieza por pieza de las investiduras de objeto deja al final del trabajo de duelo en libertad de volver a volcar su libido en otro objeto.
De esto último se han servido los argumentos psicoanalíticos posteriores para aseverar que, en la teoría freudiana, la finalización del duelo supone la sustitución del objeto amado perdido por un nuevo objeto, fundamentada asimismo en la teoría freudiana del objeto originario.
Para Freud todos los objetos serán sustitutos respecto del objeto originario perdido del cual dirá: “El hallazgo {encuentro} de objeto es propiamente un reencuentro” (Freud, 1905/1993, p.203). Pero, además, la sustitución como destino final del duelo queda explicitada cuando el autor refiere: “Si los objetos son destruidos o si los perdemos, nuestra capacidad de amor (libido) queda libre de nuevo. Puede tomar otros objetos como sustitutos o volver temporariamente al yo” (Freud, 1916/1993, p.310).   
A pesar de lo indiscutible de estas afirmaciones, los historiadores de la obra freudiana señalan el reconocimiento, tardío por parte del autor, de la imposible sustitución del objeto. Da cuenta de esto, la correspondencia con Binswanger  del 22 de abril de 1929, en el contexto de la muerte de Sofhie (segunda hija de Freud) donde dice: “se sabe que el duelo agudo que causa una pérdida semejante hallará el final, pero uno permanecerá inconsolable sin hallar jamás un sustituto” (Caparrós, 2002, p. 228).
Finalmente, es necesario puntualizar que, si bien Freud describe el duelo y le otorga un lugar en su teoría, su principal interés en 1917  se cristaliza en la necesidad de responder a las interrogantes que le generaba el cuadro clínico de la melancolía. En este camino se esmera por deslindar la melancolía del proceso de duelo normal, anclando la diferenciación fundamental en la elección narcisista de objeto, propia según el autor, del sujeto melancólico. Es por eso que deja fuera de la economía del duelo el tratamiento de los aspectos narcisistas que toda pérdida moviliza. En la teoría freudiana del duelo, el lugar del narcisismo queda relegado al triunfo del Yo, debido a que éste no comparte el destino del objeto perdido: “El objeto ya no existe más y el yo preguntado si quiere compartir su destino se deja llevar por las satisfacciones narcisistas que le da el estar con vida y desata su ligazón con el objeto aniquilado.” (Freud, 1917/1993, p. 252).

Klein,  constitución psíquica y duelo
Melanie Klein complejiza la conceptualización freudiana y da continuidad al lugar determinante del  trabajo de duelo en la constitución del psiquismo.
Plantea  que hay

una conexión entre el juicio de realidad en el duelo normal y los procesos mentales tempranos…el niño pasa por estados mentales comparables al duelo del adulto…son estos tempranos duelos los que se reviven posteriormente en la vida, cuando se experimenta algo penoso (Klein, 1940, p. 347)

Con los procesos mentales tempranos hace referencia a la posición depresiva infantil considerada “como central para el desarrollo. La evolución normal del individuo y de su capacidad de amor parecen basarse ampliamente en el grado en el cual el yo temprano logró elaborar y superar esa posición decisiva.” (Klein,  1935/1990, p. 295).
El concepto de “posición” va a indicar que las características (ansiedad, angustia, mecanismos de defensa) propias de la etapa que se vivió podrán reaparecer en cualquier momento de la vida, en función de las circunstancias, es decir:

aparece en un momento dado de la existencia del sujeto, en un estadio preciso del desarrollo, pero puede repetirse más tarde, de manera estructural, en ciertas etapas de la vida. Además el término expresa que el niño cambia de actitud o desplaza su posición en cuanto a la relación de objeto (Roudinesco y Plon, 1997,  p.827).

Es en este momento, donde el niño experimentará la pérdida del objeto amado. En este sentido Klein agrega que

los procesos internos que posteriormente se definen como “pérdida de amor”  y llevan a la depresión, están determinados por la sensación del sujeto de haber fracasado  (durante el destete y los períodos que lo preceden o lo siguen), en poner a salvo su buen objeto internalizado (…) Una razón de su fracaso es que el yo ha sido incapaz de vencer su miedo paranoide de perseguidores internalizados (1935/1990,  p. 273)

Para la autora, en la vida del lactante, la posición depresiva es antecedida por la ezquizo paranoide. Aquí, debido a la posibilidad que le otorga el status de objeto parcial y a los mecanismos de escisión propios de esta posición, la  gratificación del pecho constituirá a éste como objeto bueno y amado y la frustración como objeto malo, persecutorio y odiado.
Los mecanismos de defensa utilizados en esta instancia (escisión, introyección y proyección) sirven a dos objetivos.
Por un lado, para introyectar y proyectar lo bueno y lo malo del objeto persecutorio y, por el otro, para permitir dar una mínima estructura a ese yo temprano.
Asimismo, la escisión que tiene lugar tanto en el yo como en el objeto, posibilita ordenar el espacio psíquico y las experiencias del mundo externo.
Otra defensa utilizada en esta posición es el mecanismo de idealización del objeto bueno con la atribución a éste de las experiencias gratificantes.
Será en la sucesión de la posición paranoide a la depresiva donde el yo realizará el paso que dará lugar a la  transformación del objeto parcial en total (Klein, 1935/1990, p.273).
Esto implicará que la posición depresiva infantil se desarrollará en un niño con un yo en camino de la integración, donde se constituirán los objetos como totales.
La constitución e introyección del objeto total genera en el niño ansiedad y angustia por la posibilidad de destrucción del objeto amado. Se reactiva la ambivalencia y las fantasías tempranas, propias de la posición anterior nunca del todo abandonada.Además del temor por el daño o la destrucción del objeto, el niño siente culpa y necesidad de reparar lo que cree o siente destruido. La reparación es un mecanismo puesto en juego por el yo “en virtud del cual el sujeto intenta reparar los efectos de sus fantasmas destructores sobre su objeto de amor (…) permitiría superar la posición depresiva asegurando al yo una identificación estable con el objeto benéfico" (Laplanche y Pontalis, 1981/1967,  p. 365).
La elaboración o el logro de esta posición se efectúa cuando el niño se identifica con el objeto de amor.
Mediante la reparación e identificación con el objeto de amor se produce “la mitigación del odio por el amor” (Klein, 1948/1990, p.197); “disminuyendo el temor de haber destruido el objeto en el pasado o de destruirlo en el futuro” (Klein, 1948/1990,  p. 201). De lo anterior se desprende que para Klein el desarrollo, las características y la superación de duelos posteriores, dependerán de cómo el niño haya procesado las pérdidas de esta posición, de la confrontación entre sus objetos internos y externos y de cómo se elabore la relación entre ellos, mediatizada por la fantasía inconsciente.Toda pérdida posterior va a reactivar la culpa y la angustia infantil de la posición depresiva, así como los mecanismos reparatorios puestos en juego para la elaboración de la pérdida.Para la psicoanalista el duelo será una verdadera enfermedad a la cual no damos el nombre de tal, “el sujeto en duelo atraviesa un estado maniaco-depresivo modificado y transitorio, y lo vence, repitiendo en diferentes circunstancias y por diferentes manifestaciones los procesos que atraviesa el niño en su desarrollo temprano” (Klein, 1940/1990, p. 356).
Para Melanie Klein el duelo finaliza cuando el individuo “reinstala dentro de él sus objetos de amor perdidos reales y al mismo tiempo sus primeros objetos amados (…) sus padres buenos, a quienes, cuando ocurrió la pérdida real, sintió también en peligro de perderlos” (Klein, 1940/1990, p. 371). La reconstrucción del orden logrado en la infancia con la estabilización de los objetos internos, luego de la reactivación del caos, implica la superación del duelo.No hablamos aquí de sustitución sino de reparación y creatividad en la modificación obligada del mundo interno y externo que acarrea el procesamiento de la pérdida.

 

Lacan y el duelo como función subjetivante
Si bien Lacan no presenta un texto donde sistematiza una teoría del duelo, su relectura del trabajo freudiano Duelo y Melancolía (1917) refleja su posicionamiento con respecto al tema. En el esquema freudiano, el objetivo del trabajo del duelo será la sustitución del objeto perdido; objeto que será siempre sustituto del objeto originario. De esto Lacan se distancia; para el autor no hay posibilidad de objeto sustituto, siempre será otro objeto. Allouch explica que, debido a la influencia de Kierkegaard,

 

El estatuto simbólico que Lacan le da a la repetición tiene como consecuencia que no hay objeto sustituto por la razón esencial de que en la repetición la cuenta…cuenta…por si sola, inscribe la esencial no-sustitución del objeto (ya que por sostenido que sea el esfuerzo de hacer de un nuevo objeto un objeto de sustitución, quedará el hecho mismo de la sustitución como diferencia ineliminable: la segunda vez nunca será la primera) (Allouch, 1996,  p. 211).

 

Si no hay repetición, no hay sustitución del objeto, no hay posibilidad de reemplazo, “el objeto de deseo es un objeto fundamentalmente perdido, un objeto imposible (…) en eso consiste su real (…) esa imposibilidad no es un dato. Acceder a ella equivale a constituir el objeto en el deseo” (Allouch, 1996,  p.307).
Pero no sólo en este aspecto Lacan se distancia del creador del psicoanálisis.

El mecanismo que Freud propone como beneficioso para la separación del objeto perdido, la identificación, en Lacan obstaculiza la separación ya que “esas identificaciones simbólicas (calificadas como tales ya que cada vez conciernen a un rasgo del objeto perdido) apuntan a mantener una relación con el objeto” (Allouch, 1996, p. 212). Por otro lado, con respecto al lugar del sadismo en el duelo, mientras que Freud lo ubicará en el campo del duelo patológico, Lacan le otorgará un lugar determinante y dirá que 

el objeto es interrogado hasta las profundidades de su ser… ¿Hasta dónde el objeto puede soportar la pregunta? Quizás hasta el punto en que se revela la última falta en ser, hasta el punto en el que la pregunta se confunde con la destrucción misma del objeto (…) Aquí, la exigencia de conservar el objeto se refleja en el sujeto mismo (Lacan, 28/06/1961, p. 433).

 

A partir de estas puntualizaciones al texto freudiano, Lacan abordará el tema del duelo mediante el estudio de Hamlet (Lacan, 1958-1959) considerado por el psicoanalista como caso paradigmático del duelo.
Presentará en el Seminario VI lo que va a denominar “función del duelo”, mostrando cómo el dolor por la pérdida de Ofelia activa en Hamlet el levantamiento de la procastinación y su reposicionamiento como sujeto deseante.
Mediante la obra inglesa, argumentará a favor de la operación que postula realiza un duelo, a saber: la función de subjetivación.En su análisis va a referir a sucesos de la obra de Shakespeare donde Ofelia es desvalorizada por Hamlet y luego restituida como objeto de deseo. Ofelia llegará a ser  “el símbolo mismo del rechazo como tal de su deseo (…) y repentinamente este objeto va a retomar para él su presencia (…) se ha vuelto un objeto imposible que vuelve a ser objeto de su deseo”  (Lacan, 22/04/1959, p. 241).
Para abordar el problema propone retomar lo aportado en Duelo y Melancolía donde “si el duelo tiene lugar (…) en razón de una introyección del objeto perdido, para que él sea introyectado, hay una condición previa (…) que él esté constituido en tanto que objeto” (Lacan, 18/03/1959, p.205).

Esa condición previa deviene como función del duelo en la medida que

el agujero en lo real (…) que provoca el duelo (…) se halla, por esa misma función, en esa relación que es la inversa a la Verwerfung. Por lo mismo que “lo que es rechazado” del simbólico reaparece en el real (…) por lo mismo (…) el agujero de la pérdida en el real…ofrece el sitio donde se proyecta ese significante faltante (…) a () Ese significante que ustedes no pueden pagar más que con su carne y con su sangre, ese significante que es, esencialmente, el falo bajo el velo (Lacan, 22/04/1959, p.242).

El agujero en el real va a perturbar el universo de los significantes y apelará a un orden en el registro de lo simbólico, colocando al sujeto en una posición de privación con relación a la falta. En este sentido, se entiende que

el objeto de deseo no se constituye en el fantasma más que sobre la base de un sacrificio, de un duelo, de una privación del falo (…) El duelo no es solamente perder a alguien (agujero en el real) sino también convocar en ese lugar algún ser fálico para poder sacrificarlo. Hay duelo efectuado si y sólo si ha sido efectivo el sacrificio. El sujeto habrá perdido (…) no solamente a alguien sino, además (…) un pequeño trozo de sí (Allouch, 1996, p.307)

 

Lo que da cierre al duelo, el sacrificio, motiva también la distancia de la teoría freudiana. El sacrificio del duelo, no será sino frente otros y marca la necesidad de ritual que debe contener toda pérdida. En este sentido Lacan se pregunta: “¿Qué son los ritos funerarios? No hay nada que pueda colmar de significantes ese agujero en el real, sino es la totalidad del significante, el trabajo se efectúa a nivel del Logos (…) del grupo, de la comunidad” (Lacan, 22/04/1959, p. 243).  Allouch completa la explicación de la función del sacrificio mencionando que “separar era la función del sacrificio en general, del sacra facere, del “hacer sagrado”, es decir, separado” (Allouch, 1996, p. 317). 

 

La transmisión generacional del duelo
Desde el psicoanálisis, la teoría de la transmisión psíquica entre las generaciones, reflexiona acerca de “los procesos, las vías y los mecanismos mentales capaces de operar transferencias de organizaciones y contenidos psíquicos entre distintos sujetos…particularmente, de una generación a otra, como así también, sobre los efectos de dichas transferencias” (Segoviano, 2008, p.1).
Estos parámetros teóricos posibilitan pensar el tema del duelo desde lo familiar, como resultado de una construcción intersubjetiva (Kaës, 1995) que se produce y transmite a través de las generaciones.
Lo subjetivo tiene su origen en la familia y lo que se trasmite en la  “formación del psiquismo del infans son las investiduras narcisistas y las experiencias de separación, los vínculos intersubjetivos que generan el espacio psíquico entre los sujetos (…) Cada familia transmite (…) su manera de aprehender el mundo externo y de organizar el interno” (Losso, 2000, p.193).

Es a destacar que la vinculación de esta teoría al estudio del duelo se debió a hallazgos clínicos que hicieron pertinente su desarrollo. Al respecto Losso dice que,

el interés  por la dimensión transgeneracional se profundizó a partir de los problemas clínicos que se plantearon en relación a los duelos no elaborados (…) su comprensión puede enriquecerse si se considera al sujeto como eslabón de la cadena que lo precede y a la que pertenece, reconociendo ciertos procesos de repetición ligados a las generaciones anteriores (2000, p.190).

Los estudios de la dimensión transgeneracional del duelo se presentan a continuación a través de las líneas de producción teórica clínicas significativas en el campo psicoanalítico.
Los primeros desarrollos se encuentran en las conceptualizaciones de la escuela francesa sobre la transmisión de la vida psíquica entre las generaciones cuyos principales exponentes de esta corriente que aportan desde la teoría de la transmisión generacional al estudio del duelo son Nicolás Abraham y María Torok con su teoría sobre la cripta y el fantasma (1961-1975) y Haydee Faimberg con el concepto del telescopaje de las generaciones.
Los trabajos de Abraham y  Torok muestran los efectos de la pérdida enlazada a un objeto imprescindible para el soporte narcisista y lo que sucede a propósito del duelo por tal objeto. Es con frecuencia una pérdida que no puede ser admitida como tal por ser vivenciada como una herida narcisista imposible de elaborar. Por esto se la niega,  incorporando el objeto perdido a la tópica psíquica escindida, en una cripta que conserva el fantasma, y desde la cual, este se muestra en forma de actos, síntomas, sobre el sujeto encriptado o sobre los sujetos de generaciones posteriores que transportan esa cripta sin saberlo.
El aporte central de esta teoría remite a dos operaciones que la ocasión de la pérdida presenta; primero su renegación y luego su incorporación. Estos mecanismos son descriptos para las pérdidas que “por alguna razón, no pueden confesarse como pérdidas. Sólo en esos casos la imposibilidad de la introyección puede impedir que su rechazo del duelo se convierta en lenguaje, impedir incluso manifestar que es inconsolable” (Abraham y Torok, 1978/2005, p. 238).
Con la renegación de la pérdida se simula no haber perdido nada, y con la incorporación como proceso posterior inmediato se coloca al objeto dentro de sí mismo “el duelo indecible instala en el interior del sujeto un panteón secreto. En la cripta reposa, vivo, reconstruido a partir de recuerdos de palabras, imágenes y afectos, el correlato objetal de la pérdida como persona completa” (Abraham y Torok, 1978/2005, p. 238). Con el muerto no reconocido como tal se guarda el secreto en la cripta que se trasmite imperturbable a las generaciones donde sigue teniendo efectos en el procesamiento de los duelos.
En la década del setenta, Haydee Faimberg trabajó el narcisismo infantil construido a partir del narcisismo parental, postulando la función de “apropiación - intrusión como característica de la regulación narcisista de objeto” (Faimberg, 1996, p.136). Esta función refiere a la depositación, por parte de los padres, de todo lo que odian en ellos mismos, su no-yo. El niño obtendrá de este modo, una identidad negativa. Asimismo, mediante la función de apropiación, se atribuyen todo lo que aman del hijo así mismos y con esto se apropian de su identidad positiva.

El hijo se identifica con las atribuciones negativas y positivas por una identificación que permanece escindida de su yo, una identificación alienada ya que no supone en los padres el reconocimiento del espacio psíquico propio del bebé y porque éste se identifica con una organización extraña que pertenece a otro, a los aspectos que ese otro rechaza de su historia personal. De este modo, la historia de los padres pasa a estar como encajada en la historia vital del niño, configurando una condensación de tres generaciones, un telescopaje generacional (Segoviano, 2008, p.2).

Siguiendo esta línea Werba (2002,  p. 295)  teoriza los duelos ancestrales como

los duelos no procesados, en los que los ancestros siguen teniendo presencia a través de los descendientes (…) son personajes idealizados, cuya representación ha sido investida con una fuerte carga libidinal y/u hostil y que a modo de “muertos vivos”, no han logrado (…)  una verdadera sepultura psíquica en sus descendientes (…) siguen teniendo vigencia en las generaciones posteriores. 

Estas formas del duelo refieren a una pérdida no elaborada, sufrida por un antepasado, que tiene efectos en las generaciones posteriores, ya que cuando “en la primera generación se clausura el procesamiento de un duelo, las generaciones siguientes no reciben las condiciones para la nominación de las emociones asociadas a los efectos de dichas experiencias” (Werba, 2002,  p.296). El lugar privilegiado que la teoría expuesta da a la experiencia del duelo, no sólo abarca el problema del duelo no tramitado y sus consecuencias en la vida de los sujetos y de las familias, sino también las huellas que toda pérdida y toda elaboración de la misma aportan a la  construcción de lo familiar. Son las marcas de las inevitables pérdidas que toda familia debe integrar, a partir de las cuales se constituye una historia simbolizante e identificatoria entre los miembros que la componen. Gomel (1996, p.101) advierte esto cuando escribe que las familias “pasan por situaciones de pérdida a lo largo de la vida en común (…) para cada pérdida, el trabajo del duelo pone en funcionamiento el mundo psíquico con el fin de lograr la sustitución de lo que en principio fuera insustituible”.

En este sentido  Kaës afirma:

 que los objetos y los procesos de transmisión psíquica, estructurarán correlativamente el vínculo intersubjetivo y la formación del sujeto singular, incluso en la constitución del inconciente y en la transmisión de la represión y de la renegación; del telescopaje de las generaciones, de las identificaciones (…) en la genealogía de las fantasías en la dolorosa correlación del duelo y de la herencia (1996, p.19).

 

En la historia familiar se encuentra la posibilidad de procesar los duelos, no como determinismo genético, sino como recurso psíquico al cual apelar ya que “la transmisión (…) ineludible de la vida psíquica, dejará marcas en el sujeto a través de complejas operaciones de reinscripción y transformación” (Hernández, 2004, p.2).
Otra línea de trabajo reconocida en el psicoanálisis que estudia la dimensión de la transmisión psíquica del duelo es el desarrollo de André Green y su hallazgo clínico del complejo de la “Madre muerta”.

Green señala que en el complejo de la madre muerta, lo que se pierde no es  “una persona amada” (como diría Freud con respecto a la causa del duelo), sino “el amor de la persona” (1993, p. 209).  La madre física sigue allí, pero no así la madre psíquica, ya que los lazos afectivos y de sostenimiento para con el bebé faltan por el retiro libidinal propio del duelo que transita la madre. En ese sentido, ella ha muerto para el bebé a pesar de que sigue viva. El duelo en proceso de la madre repercute en la constitución subjetiva de su hijo dejando su huella en su psiquismo. Dicha huella es la marca de la

transformación de la vida psíquica, en el momento del duelo repentino de la madre que desinviste brutalmente al hijo, es vivida por este como una catástrofe. Por una parte, porque sin signo alguno previo el amor se ha perdido de golpe (…) y lleva consigo, además de la pérdida del amor, una pérdida de sentido, pues el bebé no dispone de explicación alguna para dar razón de lo que ha sobrevenido (Green, 1993, p.216)